El otro día, mi tocayo de Miñana, que lleva ya muchos años en Sabadell, me mandó una fotografía. Una imagen sencilla, pero de esas que, sin avisar, te llevan de golpe muchos años atrás.
Era una cerámica. Una de aquellas que, hace casi 35 años, salieron de Almazul para colocarse por las calles de Valdegeña. Esa cerámica era el recuerdo de la Fragua que había en la plaza, en ese mismo sitio se edifico el Centro Social, el gran fuelle se conserva en perfecto estado en el Salón Multiusos.
Fuente: El Mundo
Y con ella, vinieron los recuerdos.
En aquellos años, el colegio de Almazul se juntaba con los demás colegios del Campo de Gómara, por la zona de Ágreda (menos los que iban a Gómara), para celebrar el Día del Árbol, cada 21 de marzo, en un pueblo distinto.
Para nosotros, aquello era algo especial. Salir del pueblo ya era toda una ilusión. Recuerdo a la sempiterna doña Caye al frente, como siempre, a los compañeros, y también a los padres, que se sumaban a la jornada en la Educación Compensatoria. Más que una actividad del colegio, era un día de encuentro, de caras nuevas, de compartir.
Era, sin saberlo, una forma de romper la rutina de pueblos pequeños donde casi todo se repite. Por un día, todo cambiaba.
Además, solía coincidir con ese momento en el que el campo daba un pequeño respiro. Y ese respiro también se notaba en el ambiente. Había tiempo para parar, para juntarse, para disfrutar.
Se hacían muchas cosas durante el día. Una de ellas fue la colocación de aquellas cerámicas por las calles de Valdegeña. Allí también estaba muy presente la figura de Avelino Hernández, hijo del pueblo, cuyos libros formaban parte de nuestra infancia, como “Una vez había un pueblo” o las historias de Silvestrito, que tantos leímos en la escuela.
También se pintaban fachadas y paredes con motivos de la naturaleza: animales, plantas… dibujos sencillos, pero llenos de vida, hechos con ilusión.
Algunas de esas pinturas todavía resisten el paso del tiempo. En pueblos como Noviercas o Pozalmuro siguen ahí, como pequeños recuerdos que se niegan a desaparecer.
En Almazul fue de las últimas veces que se celebró aquel día —quizá la última o la penúltima—. Se pintó la fachada del Ayuntamiento, pero con los años y las reformas, todo aquello se perdió.
Y sin embargo, al ver aquella fotografía, uno se da cuenta de que no se ha perdido del todo.
Porque hay cosas que desaparecen de las paredes… pero no de la memoria.











































































