lunes, 20 de abril de 2026

La fragua del tío Victor de Almazul por Valdegeña

El otro día, mi tocayo de Miñana, que lleva ya muchos años en Sabadell, me mandó una fotografía. Una imagen sencilla, pero de esas que, sin avisar, te llevan de golpe muchos años atrás.


 

Era una cerámica. Una de aquellas que, hace casi 35 años, salieron de Almazul para colocarse por las calles de Valdegeña. Esa cerámica era el recuerdo de la Fragua que había en la plaza, en ese mismo sitio se edifico el Centro Social, el gran fuelle se conserva en perfecto estado en el Salón Multiusos.

 

                                              Fuente: El Mundo

Y con ella, vinieron los recuerdos.

En aquellos años, el colegio de Almazul se juntaba con los demás colegios del Campo de Gómara, por la zona de Ágreda (menos los que iban a Gómara), para celebrar el Día del Árbol, cada 21 de marzo, en un pueblo distinto.

Para nosotros, aquello era algo especial. Salir del pueblo ya era toda una ilusión. Recuerdo a la sempiterna doña Caye al frente, como siempre, a los compañeros, y también a los padres, que se sumaban a la jornada en la Educación Compensatoria. Más que una actividad del colegio, era un día de encuentro, de caras nuevas, de compartir.

Era, sin saberlo, una forma de romper la rutina de pueblos pequeños donde casi todo se repite. Por un día, todo cambiaba.

Además, solía coincidir con ese momento en el que el campo daba un pequeño respiro. Y ese respiro también se notaba en el ambiente. Había tiempo para parar, para juntarse, para disfrutar.

Se hacían muchas cosas durante el día. Una de ellas fue la colocación de aquellas cerámicas por las calles de Valdegeña. Allí también estaba muy presente la figura de Avelino Hernández, hijo del pueblo, cuyos libros formaban parte de nuestra infancia, como “Una vez había un pueblo” o las historias de Silvestrito, que tantos leímos en la escuela.

También se pintaban fachadas y paredes con motivos de la naturaleza: animales, plantas… dibujos sencillos, pero llenos de vida, hechos con ilusión.

Algunas de esas pinturas todavía resisten el paso del tiempo. En pueblos como Noviercas o Pozalmuro siguen ahí, como pequeños recuerdos que se niegan a desaparecer.

En Almazul fue de las últimas veces que se celebró aquel día —quizá la última o la penúltima—. Se pintó la fachada del Ayuntamiento, pero con los años y las reformas, todo aquello se perdió.

Y sin embargo, al ver aquella fotografía, uno se da cuenta de que no se ha perdido del todo.

Porque hay cosas que desaparecen de las paredes… pero no de la memoria.

 



 

domingo, 5 de abril de 2026

Caluroso día de Domingo de Pascua

Después de unos días de viento y frío, este domingo Almazul ha amanecido con 4º C. Sin embargo, la temperatura ha subido mucho como para ir hasta en manga corta, sobretodo a la hora de la procesión para quitar el luto a la Virgen del Rosario.

A pesar de no haber habido misa por diversos motivos, los almazuleños a las 12:00 horas han ido cantando hasta la Ermita de la Soledad para deslutar a la Virgen después de una puja.

Hay veces en las que el ser humano busca a Dios en lo lejano, en lo inalcanzable, en lo que parece que está más allá de las nubes y del tiempo, y sin embargo Dios habita también en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que nos rodea cada día sin que apenas nos demos cuenta. Está en el silencio de la mañana, en la sonrisa limpia de un niño, en el canto de una golondrina que vuelve cada primavera, en el aire que mueve los árboles y en la tierra que vuelve a florecer. Está fuera, en la naturaleza y en la vida, pero también está dentro, en lo más profundo de cada uno de nosotros, en la conciencia, en la bondad, en la capacidad de perdonar, de ayudar y de levantarnos cuando caemos.

Cristo resucitó y, aunque no lo veamos con los ojos, camina entre nosotros. Está en las personas que hacen el bien sin esperar nada a cambio, en quien consuela, en quien acompaña, en quien sufre en silencio y aun así sigue adelante. En estos tiempos de incertidumbre, de guerras, de ruido y de prisas, puede parecer que hemos perdido muchas cosas, pero hay algo que nunca se pierde: la esperanza. La esperanza es esa luz pequeña que nunca se apaga del todo, porque mientras haya fe, mientras haya amor, mientras el ser humano sea capaz de mirar al cielo y también al corazón, Dios seguirá estando entre nosotros.

Y junto a esa esperanza, muchos sienten el amparo silencioso de la Virgen de la Soledad, esa madre que acompaña en los momentos difíciles, en la preocupación, en la enfermedad, en la incertidumbre y en el miedo. La Virgen de la Soledad representa a todas las madres que sufren en silencio, que esperan, que rezan y que no abandonan nunca. Por eso, aunque el mundo cambie y a veces parezca que todo se tambalea, siempre queda algo firme: la fe sencilla, la esperanza humilde y la certeza de que no estamos solos, de que, de una forma que a veces no entendemos, alguien nos cuida y camina a nuestro lado.